14 Agosto 2009
¿En que momento una cultura abandona la ofrenda de sacrificios humanos a los dioses? ¿Qué sucede a un colectivo social, para que se aleje de esta práctica bárbara?
Todo parece indicar que se llega a un punto en el desarrollo de todas las culturas en que el sacrificio humano se hace impensable , siendo sustituido por el sacrificio animal. Es probable que la historia de Isaac en el Génesis constituya uno de esos puntos, en este caso de la historia judaica, en que el Dios de Abraham le dice que no es necesario sacrificar a su único hijo y que puede sustituir su vida por la de un carnero.
Por otra parte, los irlandeses antes de su cristianización también practicaban los sacrificios humanos. Existe la conjetura de que la conversión de aquel pueblo bárbaro llevada a cabo por la labor evangélica de San Patricio, y el abandono de aquellas paganas y sangrientas prácticas, obedeciera a que el misionero (que llegaría a ser su santo patrón) los convenció de que al haber dado Jesús su sangre y su vida por todos los seres ya no era necesario recurrir a los sanguinarios sacrificios humanos.
Hipótesis, hipótesis... en un húmeda tarde del "ferragosto" barcelonés.
Lamentablemente los sacrificios humanos siguen existiendo bajo sofisticados disfraces. Aunque reflexionando un poco sobre estas cosas, se me ocurre pensar que esta sotisficación a la que acabo de referirme, es casi una ofensa para las más de trescientas mujeres que en estos últimos años han sido torturadas y sacrificadas en Ciudad Juarez. i
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30 Julio 2009
Lo que me ha puesto de relieve una vez más la decadencia de la cultura europea, sobre todo aquella deslumbrante de la Viena "fin-de-siècle" y también la berlinesa de entreguerras, ha sido el haber tenido información de que la biblioteca compuesta por tres toneladas y media de libros y valiosos manuscritos del pianista Paul Wittgenstein (hermano de Ludwig) fue a parar a un empresario chino llamado Ng que amasó su fortuna introduciendo la hamburguesa Big Mac entre la población de Hong Kong.!
Berlin en 1939 tenía ochenta y una orquestas, doscientos grupos de cámara y más de seiscientas corales.
Europa hoy es esa vieja dama aristocrática con pestañas postizas y maquillaje surcado de "craquelures" .
Guerra aparte, ¿qué había en España en la década de los treinta? Adivina, adivinanza... Y no adivinando, pero recordando, me viene a la memoria aquella anécdota del apodado "Cagoncio" y su mujer, que allá en un polvoriento pueblo de tierra adentro molieron a palos a su hija porque la madre la encontró bañándose en un barreño (estaba negra del hollín del tren con el que había llegado de la ciudad),. Luego el padre la echó de casa. Año 1940. En muchos lugares de España bañarse era cosa de "putas"...
Lo más desesperante es que aquí ni siquiera podemos hablar de decadencia. La decadencia sólo se da cuando ha existido un periodo previo de esplendor, de gloria , un tiempo desaparecido.
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14 Enero 2009
Me gusta esta pintura de Manet. Adentrarse en ella es atrapar toda una escena, la espera de una respuesta a la "preposicion indecorosa" a una dama.
Un joven parisino, vestido de obrero, o, tal vez, de bohemio, mira con intensidad, tratando de ser convincente, a la mujer algo circunspecta que ha llevado ¿o citado? en un conocido y discreto restaurante de la capital.
El hombre tiene el pelo oscuro y lleva bigotito y patillas. En una mano sostiene una copa de champagne. La otra descansa en el borde del respaldo de la silla de la mujer que no se atreve a recostarse en ella. No es bella y va vestida discretamente.Traje marron con cuello blanco escarolado y mitones negros de blonda. Un sombrero negro en forma de ala de pájaro, oculta el moño alto de su peinado. Ya no es joven, y sopesa, discreta y reservada, la propuesta del joven. Tiene sus temores. Lógico. ¿Y si se entera su esposo?
Detrás, al fondo, un camarero con una cafetera en la mano, observa indisretamente a la pareja que no parece apercibirse de su presencia.
La obra está en una colección privada, tal vez por ello es poco conocida, y es una lástima por que Manet se muestra en todo su esplendor y con una pincelada y color que revelan la influencia de sus amigos impresionistas cuando el verano de 1874 en Argenteuil. El colorido es luminoso, vibrante, sobre todo en el mantel y la pincelada suelta, de "mancha y borrón" como diría Goya.
Es curiosa la distinta solución que ha dado a las manos del hombre. La de la derecha, está bien perfilada. La de la izquierda, sólo abocetada
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28 Diciembre 2008
M. acercó lentamente sus dedos sobre el charco de sangre de forma ovoidal que había junto a la rodilla derecha del muerto, una rodilla que ahora era como una grotesca protuberancia, un saquito lleno de huesos pequeños e irregulares en el centro de una pierna descoyuntada que descansaba inerte sobre el brillante parqué. Cuando sintió en las yemas de sus dedos el contacto viscoso y bermellón de la sangre, el pulso de las sienes se le disparó y su garganta emitió un extraño sonido gutural. Hizo un pequeño círculo con el dedo índice sobre el untuoso humor y fue, al detenerlo, cuando levantó su vista hacia el Rothko que apoyado en el suelo se erguía detrás del pie derecho del cadáver que se había escapado de un zapato acharolado .
Era una tela sin marco, de más de un metro de altura. Sobre un fondo gris oscuro emergía, titubeante, un recuadro de un rojo carmesí similar al de la sangre esparcida por el suelo. M. lo miró despacio, largamente, mientras una venática sonrisa aparecía en su rostro. A medida que sus ojos brillaban sus extraviados sentidos se fueron apaciguando. Con un vigor inesperado se levantó del suelo, frotó, para limpiárselas, sus manos viscosas por el pantalón y fue cuando quiso coger la obra que su pulgar derecho, sucio todavía, dejó su marca sobre el ángulo gris del cuadro. M. dió un grito que resonó en el silencio blanco del barroco dormitorio. Dió un salto hacia atrás mientras agarraba con fuerza la cruz griega que colgaba de su cuello. "Lo limpiaré en casa" murmuró.
Sosteniendo la tela con ambas manos, abandonó el piso dejando las puertas abiertas. Pulsó el timbre del ascensor, pero no consiguió que subiera. Por la escalera se cruzó con alguien, pero la tela, a modo de parapeto ladeado, sólo permitía ver al hombre que ascendía, el extremo de sus piernas cubiertas con unas gruesas medias negras salpicadas de sangre.
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-¿No es extraño ese toque rojo sobre el gris del fondo? Nunca había visto una pincelada tan peculiar en un Rotkho -comentó Mrs. Rutterford de la Tate Modern de Londres mientras acercaba sus ojos miopes a la tela.
-Esta inesperada pincelada en un ángulo es lo que hace a este Rothko excepcional, Mrs. Rutterford. Unico -le contestó con firmeza M. mirándola a los ojos.
-Sí, es un rotundo rojo sangre que ilumina la placidez neutra del gris. Me pregunto si estaría usted dispuesta a vender la obra
M. la miró y sonrió malévolamente.
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10 Diciembre 2008
Valorar la obra ejecutada por Barceló en el edificio de la ONU en Ginebra, a través de unas imágenes, como hace nuestra inculta clase política -y además según su ideología- me parece una irritante necedad. Este país constantemente "me pone de los nervios".
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10 Diciembre 2008
Me gusta la fotografía en blanco y negro, a contraluz, de André Gide. No sé la edad que tendría cuando le tomaron esta imagen pero pienso que no llegaría a los setenta años. El escritor aparece sentado en una silla delante de su piano sobre el que reposan algunos libros. Su cuerpo está de lado y por debajo del chaqueton que lleva, un sueter ceñido delata un estómago algo dilatado. Con su mano derecha sostiene un cigarrillo, la sombra grisácea de cuyo humo asciende en arabescos hacia la ventana que hay a la derecha, a la misma altura en la que Vermeer pintaba sus ventanas que daban a las calles de Delft.
Lo que más me gusta de la fotografía es la cabeza girada de Gide, cubierta por un gorro de punto. Sus ojos, seguramente miopes por las miles de letras escritas aparecen detrás de unas gafas de fina montura redonda. Su mirada es grave, algo escéptica. Tal vez impertinente y algo dura, como su boca, como si le molestara la presencia del fotógrafo. La luz cae agresivamente sobre el piano, los libros y la palma de su mano derecha que descansa sobre el teclado, y su intensidad descompone ligeramente el borde de su brazo y el contorno de su mano que parece como pintada por un caravaggista.
Se ha escrito que desde la adolescencia la personalidad del pintor quedó dividida: por un lado la estricta moral en la que fue educado y po otro el fuerte hedonismo. De él sólo he leido la novela Corydon aunque he de confesar que la tengo casi olvidada, si bien recuerdo que su punto de referencia es la sexualidad en el mundo greco-romano. Y es que hace años que la leí. La compré en París durante el año que pasé allí estudiando en l´Alliance Française.
NOTA: No sé que me ha motivado el describir esta imagen que he mirado largamente. Tal vez porqué me ha recordado a Vermeer y a una de sus muchachas de azul y amarillo delante de un clavicordio. No sé.
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22 Noviembre 2008
Hay una obra de Andrea Vaccaro (1604-1670) en el que una insumisa Eva levanta airada un brazo contra el ángel que, junto a un obediente y humilde Adan, los arroja del Paraiso Terrenal. Pero no "caen", sino que "suben" , sobre todo ella... : El drama del Paraiso fue un triunfo de la libertad humana contra la tiranía de Dios. (Y que el Señor en su Gloria, me perdone).
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16 Noviembre 2008
Hará un par de años -tal vez tres- en un pueblo del pre Pirineo catalán entablé una torpe conversación con una mujer bosnia. Ambas estabámos sentadas en un banco de un verde reluciente de la plaza mayor. No era un día propicio para estar sentada en la plaza ni para charlar. Pero el rostro de aquella mujer me fascinó. En un momento determinado y obedeciendo a no sé que impulso, se desanudó el pañuelo de la cabeza que hasta entonces la cubría y admiré su pelo espeso y oscuro. Poco tiempo después empecé a escribir una novela. La titulé "La mujer bosnia". Tal vez, alguien, un día, me la publique.
Durante meses me sumergí en su mundo. El de ella. El de Sarajevo año 1992. Ahora, la historia y la literatura de la Europa eslava de la primera mitad del siglo veinte han entrado a formar parte de unos intereses intelectuales que en mi, toman a veces formas ingenuamente apasionadas.
Estos días estoy leyendo el periplo existencial de un sastre judío de Galitzia (territorio actualmente dividido entre Polonia y Ucrania) quien, debido a los avatares políticos de su época, nació siendo súbdito del Imperio Austrohúngaro, pasó a ser ciudadano de Polonia, luego de la antigua URSS y seguidamente del Tercer Reich. Finalmente terminó siendo ciudadano austriaco.
Y medito sobre la fútil ilusión de nuestros nacionalismos y me rio.
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