Publicidad:
La Coctelera

La luciérnaga

Miradas sobre arte y literatura

19 Agosto 2008

Amame otra vez Betty Boop

AMAME OTRA VEZ BETTY BOOP

Lo amé, o eso creí Hace... ¿un par de años? Tal vez tres. No sé, ahora me parece una eternidad. ¿Por qué he aceptado su cita? Me he mirado al espejo para indagar a través de mis ojos borrosos por un estúpido lagrimeo alérgico, dónde está la respuesta. Cómo pude decir que sí, a ese ser nimio, ridículo, con fugas inesperadas hacia lo esperpéntico? Sólo en mi lamentable estado de ánimo actual puedo hallar una respuesta lógica.

Sonó el teléfono cuando estaba a la mitad de un cuento de Carver, uno muy angustioso de un tipo al que inesperadamente despiden del trabajo, se echa sobre el sofá en cuanto llega a casa y a partir de entonces sólo lo abandona para ir a comer algo. Pero ni Carver lograba esta vez interesarme. Tal vez si la lectura me hubiera apasionado como en tantas otras ocasiones, no habría aceptado la invitación de Marín. No sé. Y hay infinidad de cosas qué no sé. De las que desconozco el porqué.

No hubo muchos preámbulos en su aparición telefónica. Parecía que hubiéramos dejado de vernos hacia tan sólo tres semanas.

_¿Tomamos una copa juntos el próximo sábado?

- Pues...- Vienes a casa y te preparo un bloody-mary. Es tu bebida favorita, ¿no?-su voz era ahora algo ronca.-

-Después de tanto tiempo, Marín... –había perplejidad en mis palabras.

-Sí, después de tanto tiempo. ¿Importa acaso?- su respuesta me pareció sugerente, como de un hombre distinto al que había conocido.

Dejé el inalámbrico sobre la mesa, junto a un periódico con dos lamparones de grasa, que medio cubría un cenicero repleto de colillas. Como hacía en ocasiones cuando estaba absorta en algo, mi pensamiento en otra parte, empecé a actuar como un viejo robot al que dan cuerda y sigue el protocolo impuesto por la ordenada y pulcra mamá: Cogí el periódico, y lo doblé por la mitad, cuidadosamente, procurando que unas páginas no sobresalieran de las otras, sólo para, de manera incongruente, echarlo acto seguido en la papelera de plástico amarillo. Vacié el cenicero y lo lavé en la cocina. Recogí unos vasos dispersos por aquí y por allá, y alisé el cubrecama indio con el que cubría el desvencijado sofá. Fui al baño y eché una mirada dentro del inodoro, que rocié con un detergente que olía a falso pino. Lentamente, con un cubo en la mano, salí al pasillo y me detuve allí en medio. Otra vez me había convertido en un psicológico clon de mi madre. Un estúpido clon de mí querida mamá, ¿en que ciudad? con que jefe de empresa de material higiénico estaría hablando en estos momentos?

Marín... de lo nuestro, ¿hace de eso...? sí, unos tres años. Era verano e hicimos mucho el amor. En seguida, al poco de conocernos. Sue se fue de vacaciones y nos dejó su piso de 40 metros cuadros en pleno barrio del Raval. Recuerdo aquella cama grande y desordenada en la que pasábamos horas. Crujía de forma rotunda y mecánica bajo el peso de nuestros cuerpos, un crujir que cada noche, tarde, o a primeras horas de la madrugada, excitaba furiosamente al matrimonio del otro lado de la pared, que empezaba a dar golpes y gritos como salido de sí. Por suerte, Sue regresó de Atlanta antes de lo previsto, ya que de lo contrario estoy segura de que los vecinos habrían conseguido que nos visitara la policía. A nosotros su ira nos producía una risa alocada que sofocábamos bajo una larga almohada bordada con un corazón encima de las iniciales JM, de un estrafalario color violeta ribeteado de amarillo.

Al principio, después de aquellos extenuantes juegos amorosos, nos perdíamos casi de inmediato en un soporífero sueño, supongo, también, porque estábamos en plena canícula de agosto. Sólo fue el cabo de unas semanas -y ahí tiene que ver la lluvia de septiembre y el transcurrir de los días- que, al contrario que Marín, yo dejé de caer en aquel sueño abandonado y empecé a observarlo mientras dormía. Claro que no esperaba que roncara, tal vez porqué, equivocadamente, siempre he asociado los enervantes ronquidos con los hombres obesos y con la edad. Marín aquel día roncaba de una manera peculiar. Juntaba los labios casi en círculo y de forma increíblemente cronométrica salía de ellos un agudo e irritante silbido. ¿Cómo no lo había oído antes? me dije mientras pensaba lo perniciosas que habían sido para mi las películas de amor. Tenía un cuello muy delgado que hacía más prominente una abultada nuez y sus estrechos hombros subían y bajaban al compás del silbido que salía de su boca. Si, en un gesto maquinal, se había subido la sábana –residuos de la represión del cuerpo- yo se la apartaba y lo miraba de arriba a abajo, deteniéndome sobre todo en su pequeño miembro, ahora juguete desarmado y algo arrugado que no recordaba al petulante de un rato antes. No, no tiene un buen tipo, me decía como resignada. Me giraba y apoyaba de nuevo la cabeza sobre la almohada, con la vista en el techo pintado de un azul deslucido. Su cuerpo, más bien enclenque, tenía amplias zonas cubiertas por un abundante vello, y yo volvía a cubrirlo con la arrugada sábana impregnada del olor a abundantes y agridulces secreciones corporales.

Nuestra relación duró varios meses. Insospechadamente hacia bien el amor, o a mi me lo parecía (por aquel entonces tenía todavía poca experiencia). También me hacía reír, pero no porque poseyera un fino sentido del humor, sino por su salidas e incluso, actos absurdos, surrealistas en ocasiones. En cuanto al resto... a él le gustaba cantar zarzuelas (una afición inexplicable heredada de sus padres) y a mi me gustaba Sting. Adoraba las hamburguesas, los callos picantes y los bocadillos con tortilla de patatas o jamón serrano entre dos rebanadas de pan sin untar. Y a mi me gustaba la comida japonesa. Yo practicaba tai-chi y él acudía a un destartalado local donde unos viejos boxeadores de rostros descosidos, preparaban a unos cuantos incautos.”Hago boxe porque es un deporte viril, Betty Boop” . Es así como me llamaba a veces, aunque nunca supe el porqué.

Pero lo peor de todo ocurrió cuando un día recibió la visita de un par de altos y rubios mormones, con su traje oscuro y su camisa blanquísima, sosteniendo en la mano su libro revelación del Angel Smith. Si bien es cierto que su proselitismo no tuvo éxito alguno en Marín, lo que sí le impresionó fueron “sus modos, tan corteses y la manera elegante de vestir de aquellos gringos” (sic) Así que arrojó a un rincón de su ropero, todas sus camisetas y tejanos y a partir de entonces vistió como aquellos jóvenes mormones, sin excluir una estrecha corbata negra.

Marín era así, anticuado, An old fashion guy, me decía Sue mirándome con una expresión mezcla de lástima e incomprensión. Pero a Marín, al margen de las gozosas horas de cama de las primeras semanas, le debo el descubrimiento de algo que por entonces desconocía, que la atracción sexual, el insólito y húmedo deseo que de repente y de forma inexplicable te invade por otro, se hace presente después de navegar por recónditas y ambiguas zonas de nuestro yo mas profundo.

Pulsé el timbre de la escalera. Su piso era el primero segundo. A pesar del tiempo transcurrido no lo había olvidado. Mientras subía los peldaños también recordaba que había pintado la puerta de su casa de un rojo que chirriaban los oídos al verlo, si es que algo que entra por la vista puede afectarte el oído. Llegué al descansillo y vi que allí seguía el “chirriante” rojo, pero más viejo, con algunas rallas y dispersas manchas claras por haber saltado el esmalte. Y en el centro, a la altura de los ojos, una pegatina con la imagen de un boxeador negro de potente cuerpo. Aquello ya debiera de haberme dado mala espina. Lo razonable es que hubiera dado media vuelta y desde el interfono decirle que acababa de recibir un urgente mensaje por el móvil y que tenía que marchar corriendo. Pero yo nunca he sido razonable, y menos en este periodo de mi vida.. A pesar de todo, dudé unos instantes antes de llamar con los nudillos a su puerta. -¡Abro, abro de inmediato! –exclamó su voz excitada.

Y allí estaba. Con su cuello largo y delgado y la nuez más enorme. Peinando un exagerado tupé, con gafas de gruesa montura, y un chaleco estampado que cruzaba la cinta de una pequeña guitarra de color rosa.

-¡Chikilicuatre, chikilicuatre! ¡Sorpresa, sorpresa!

Me lo quedé mirando.

-

servido por ebornay 4 comentarios compártelo

4 comentarios · Escribe aquí tu comentario

Paco Muñoz Anglada

Paco Muñoz Anglada dijo

El poder de la empatia,en tu escrito es tan sugerente,que transmites esa realidad ,como una rabiosa actualidad presente,
sentir el personaje como uno mismo,como si fueras el protagonista,independientemente de tu genero,es una labor encomiable,la identificación, la narración dinámica te lleva irremediablemente a la conclusión final.
Gracias por tus escritos,.Paco Anglada

20 Agosto 2008 | 12:10 PM

Mica

Mica dijo

Me parece qe estaria bueno subir un par de fotos
bye!

7 Septiembre 2009 | 09:33 PM

belen

belen dijo

beti boob es una de mis mejores como se llama da igual i queri que agan juegos no solo vestir i ja esta porque mira podriasis poner ha beti boob aciendo una carrera o nose aver ..... ja lo tengo podriais acer ha beti bob cocinando muchas cosas.

hara ablemos de los juegos tenias que vender ha beti boob cocinando i muchas cosas tambien ha ella que la tienen que cortar el pelo pero a ella he ha beti boob i tambien muchas cosas mas .............

xao jo me llamo belen ibars de lima i boi ha 3· a xao espero que la lellais ha i solo tengo 8 años

25 Septiembre 2009 | 07:16 PM

Carlota EspinozadeMonteros

Carlota EspinozadeMonteros dijo

¿betty boop era una PROSTITUTA?

1 Octubre 2009 | 07:51 PM

Escribe tu comentario


Sobre mí

Barcelonesa. Profesora de Historia del Arte de la UB. Especializada en la iconografía de la mujer en el arte. Escritora. Tres obras preferentes: - "Las hijas de Lilith" Ed. Cátedra - "La cabellera femenina. Un diálogo entre poesía y pintura". Ed. Cátedra - "Los diarios de Fiona Courtauld" Ed. La Tempestad

Fotos

ebornay todavía no ha subido ninguna foto.

¡Anímale a hacerlo!

Buscar

suscríbete

Selecciona el agregador que utilices para suscribirte a este blog (también puedes obtener la URL de los feeds):

¿Qué es esto?

Crea tu blog gratis en La Coctelera