Me gusta la fotografía en blanco y negro, a contraluz, de André Gide. No sé la edad que tendría cuando le tomaron esta imagen pero pienso que no llegaría a los setenta años. El escritor aparece sentado en una silla delante de su piano sobre el que reposan algunos libros. Su cuerpo está de lado y por debajo del chaqueton que lleva, un sueter ceñido delata un estómago algo dilatado. Con su mano derecha sostiene un cigarrillo, la sombra grisácea de cuyo humo asciende en arabescos hacia la ventana que hay a la derecha, a la misma altura en la que Vermeer pintaba sus ventanas que daban a las calles de Delft.
Lo que más me gusta de la fotografía es la cabeza girada de Gide, cubierta por un gorro de punto. Sus ojos, seguramente miopes por las miles de letras escritas aparecen detrás de unas gafas de fina montura redonda. Su mirada es grave, algo escéptica. Tal vez impertinente y algo dura, como su boca, como si le molestara la presencia del fotógrafo. La luz cae agresivamente sobre el piano, los libros y la palma de su mano derecha que descansa sobre el teclado, y su intensidad descompone ligeramente el borde de su brazo y el contorno de su mano que parece como pintada por un caravaggista.
Se ha escrito que desde la adolescencia la personalidad del pintor quedó dividida: por un lado la estricta moral en la que fue educado y po otro el fuerte hedonismo. De él sólo he leido la novela Corydon aunque he de confesar que la tengo casi olvidada, si bien recuerdo que su punto de referencia es la sexualidad en el mundo greco-romano. Y es que hace años que la leí. La compré en París durante el año que pasé allí estudiando en l´Alliance Française.
NOTA: No sé que me ha motivado el describir esta imagen que he mirado largamente. Tal vez porqué me ha recordado a Vermeer y a una de sus muchachas de azul y amarillo delante de un clavicordio. No sé.
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